En mi familia, las Navidades eran las fiestas más esperadas y deseadas. Para nosotros, el espíritu navideño comenzaba el último jueves de noviembre (Día de Acción de Gracias), con el encendido del árbol y la colocación del nacimiento y, pasando por Nochebuena, Navidad y Año Nuevo, llegaba hasta el Día de Reyes.

 

Los portales de Galiano, Reina, Monte y otras calles comerciales, se llenaban de pinos naturales de todos los tamaños, traídos de Canadá, que inundaban el aire con su olor a resina y a bosque. Además, las manzanas y las peras –existentes todo el año-, que venían de California en cajas de madera (cada fruta envuelta en un papel de China morado), se amontonaban y competían con las uvas blancas y moradas de igual procedencia. Se montaban expendios en las esquinas para ofertar manzanas acarameladas y castañas asadas, estas últimas traídas de España, junto con los vinos, sidras y champanes, y turrones en cajas de madera de diferente tamaño, imitando las viejas cajas que se utilizaban para trasladar las mercancías en los barcos, con las marcas pirograbadas en sepia. Aparecían también los membrillos nacionales de múltiples colores y los vinos de papaya y naranja, sin faltar las nueces y avellanas “Sello Rojo” y los dátiles e higos de Arabia. Las tiendas y las calles se adornaban, abundaban las luces de colores y los villancicos, y esto se extendía hasta los comercios más modestos en los barrios más humildes: eran las fiestas de todos.

 

Al acercarse la Nochebuena, irrumpían los cerdos, gallinas de Guinea y pavos, que constituirían los platos principales de las cenas del 24 y del 25. Desde el 23, las panaderías no daban a basto, asando cerdos en sus hornos, y su olor característico impregnaba la ciudad. El movimiento a pie y en transportes era constante, acudiendo a la cena familiar tradicional de la familia cubana, donde todos hacían acto de presencia, sin importar el lugar de residencia. Después de cenar, se asistía a la Misa del Gallo en la iglesia cercana donde, a la medianoche, se colocaba la figura del niño Jesús en el pesebre, vacío hasta entonces.

El día de Navidad era de almuerzo familiar con pavo asado, más lo que había quedado de la noche anterior, para salir a pasear por la tarde al cine o a los circos diseminados por la ciudad: el Ringling en Paseo y Malecón, el Santos y Artigas en Infanta y San Lázaro y el Razzore en los terrenos de la maderera Orbay y Cerrato, en Infanta, por citar solo a los más importantes.

 

El 31 era más bien noche de clubes, cabarets y restaurantes, y fiestas en las sociedades recreativas existentes, con doce campanadas y doce uvas a la medianoche, y copas de sidra o de champán, despidiendo al año que se iba y recibiendo al que llegaba, con un brindis. El día de Año Nuevo se almorzaba tarde, después de dormir la resaca, con pollo, ensaladas, nueces, avellanas, turrones y vinos, y la tarde era de estrenarse ropa y zapatos y volver a pasear.

 

La noche antes de Reyes pertenecía a los mayores, primero comprando los últimos juguetes, a precios de liquidación, en los portales de las calles comerciales, y después colocándolos calladamente junto a las camas de los niños, que se habían acostado temprano para esperar a los Reyes. El Día de Reyes era totalmente de ellos, despertándose temprano, aún a oscuras, y alborotando hasta el anochecer. Con Reyes terminaban las fiestas navideñas.

Hoy estas tradiciones, olvidadas (y hasta prohibidas) durante demasiado tiempo, comienzan a retomarse lentamente, como un necesario regreso a las raíces. La multitudinaria acogida a la Virgen de La Caridad del Cobre durante estos días, en su recorrido por todo el país, es una magnífica señal de que el viento que ha soplado durante todos estos años, pudo haber  dejado los árboles sin hojas, sin frutos y hasta sin ramas, pero no pudo arrancarlos de raíz y que, a pesar de todo, vuelven a renacer. Espero suceda igual con las Navidades. Siempre fueron, y deben volver a serlo,  fiestas de todos.

 

Por FERNANDO DÁMASO

Anuncios