La calle Giral, en el Reparto El Moro en la barriada de Mantilla, era la única asfaltada, y se extendía desde la Calzada de Managua hasta la Avenida de Dolores en Lawton. En sus primeros tramos, cruzaba las calles de tierra que delineaban el reparto en urbanización, para después continuar entre las diferentes fincas ganaderas, que abundaban en el territorio, y que abastecían de leche fresca a la cercana Cremería Lucero, y de carne al matadero. La electricidad y el acueducto acababan de hacer presencia,  y se abandonaban los quinqués, las lámparas de keroseno y los pozos artesianos. Las noches, antes llenas de sombras, se habían hecho luminosas.

A dos cuadras de la Calzada, en esta calle, se encontraba situada una pequeña iglesia de madera machihembrada, con techo de tejas francesas a dos aguas, y un gran patio-jardín delantero, atravesado por una acera de cemento, que conducía desde la calle hasta la puerta del templo. En él, cada sábado, en horas de la tarde, los niños del Reparto asistíamos al catecismo, vistiendo nuestras mejores ropas. Terminada la catequesis, el sacerdote, un hombre joven y alegre, organizaba una fiesta infantil con dulces, caramelos, bombones, galletas y refrescos, que se extendía hasta cerca de las seis de la tarde. Ella constituía el “gancho” para atraernos y hacer que abandonáramos nuestros juegos y “mataperrerías”. Por extraño que parezca, sólo asistíamos a esta iglesia los sábados.

Para la misa de los domingos, estaba destinada la de mampostería, más amplia y luminosa,  que se encontraba –y creo que aún se encuentra- en la Calzada, frente al antiguo Paradero de la Ruta 4.  Tal vez porque, al estar más alejada y fuera del Reparto, representaba un paseo, que continuaba con una merienda en la cafetería del Paradero y concluía con visitas a conocidos, que residían en los alrededores. Prácticamente las mañanas de los domingos se iban en estos menesteres, y las tardes se reservaban para las funciones de cine o asistir a algún parque de diversiones o circo, según la temporada en que estos se instalaban en algún terreno del Reparto o cercano al mismo.

En la esquina de mi casa, a finales de los años cuarenta, se construyó un templo bautista (una nave larga de altas paredes de ladrillo y techo de zinc a dos aguas, con muchos ventanales), pero nunca asistimos a él: la mayoría de nuestros vecinos profesaban la religión católica, aunque no eran muy practicantes; otros eran espiritistas, pero también con raíces católicas.

De ambas iglesias católicas, en los días de las respectivas festividades, salían procesiones, que eran acompañadas por la mayoría de las personas, tanto adultas como niños, entonando cánticos religiosos. Algunos se disputaban el honor de poder transportar en hombros las imágenes, así como llevar los cirios encendidos y las banderolas. La apoteosis ocurría el día de la Caridad de El Cobre: constituía la mayor y más nutrida y vistosa procesión. Recorría prácticamente todas las calles principales de la barriada hasta regresar al templo. También eran importantes la Semana Santa y la Navidad, plenas de diferentes actividades, desde la entrega de ramos de “güano” bendito en la primera, hasta los hermosos nacimientos en la segunda.

Estas eran las iglesias que recuerdo de la barriada de Mantilla y, alrededor de ellas, entre risas y juegos, algunas peleas y los primeros enamoramientos, se desarrollaron los  acercamientos iniciales a la religión católica, fuera de la casa familiar.

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