El padre escolapio Angel Oliveras (no sé si aún vive) fue un sacerdote “light”, en una época en que no se utilizaba la palabrita y se decía “fuera de serie”: finales de los años cuarenta y la década de los cincuenta del siglo pasado. Atendió a nuestro grupo de quinto grado y después nos acompañó hasta graduarnos. Era un magnífico profesor de matemáticas, que hizo agradable tan árida materia, y nos llevó a respetar el álgebra y los logaritmos, con sus métodos nada ortodoxos a la hora de impartirlas. Sentado al fondo del aula, ordenaba dividir la gran pizarra en dos partes, y nos enviaba a competir por pares, resolviendo el mismo problema. El que se equivocaba recibía un borrador contra su lado de la pizarra, lanzado con excelente puntería. Además de corregir la equivocación, debía devolverlo, lanzándoselo suavemente.

 

A la hora de los deportes, se levantaba los faldones de la sotana de dril crudo, se los ataba a la cintura y, como el que más, ensartaba la pelota en la cesta en el baloncesto, y remataba, saltando ante la net, en el voleibol.

 

Alguien pudiera pensar que era “algo irresponsable”. Todo lo contrario: era exigente y tenía todo nuestro respeto y cariño, precisamente porque nos trataba como adolescentes, entendiendo nuestras dudas y problemas. Era capaz, ante nuestra solicitud, de cerrar el aula con llave, pedirnos discreción, e impartirnos clases de sexología, en tiempos en que el tema era un tabú social, así como de discutir problemas de carácter político, con amplitud de miras, enseñándonos y entrenándonos en el debate respetuoso y fundamentado.

 

Además de impartirnos clases, atendernos y cumplir con sus otras responsabilidades sacerdotales, estudiaba en la Universidad Católica Santo Tomás de Villanueva, donde terminó sus estudios, recibiendo la Medalla Especial por ser el mejor alumno de su curso.

 

El padre Oliveras -así le llamábamos todos-, además de nuestro principal maestro, era nuestro guía moral y espiritual y también nuestro amigo, a quien podíamos acudir en cualquier momento para recabar algún consejo. Siempre con una sonrisa a flor de labios, tanto cuando nos felicitaba por nuestros logros, como cuando nos señalaba nuestros errores. En todos estos años, importantísimos para nuestra formación como hombres, siempre “echó rodilla en tierra” por nosotros y nos demostró que, además de sacerdote, era un hombre cabal, amante de sus padres y hermana, que residían en España, alejados de él.

 

A veces a mitad del día, después del almuerzo, frecuentábamos su habitación en el tercer piso del colegio, siempre abierta, para conversar sobre diferentes temas y hojear alguno de sus numerosos libros. Una vez, tal vez golpeado por la nostalgia, nos mostró algunas fotos de su familia, entre las que llamaba la atención una de su hermana menor, muy bella por cierto. Ante nuestros comentarios señalando su belleza, olvidando que estábamos ante un sacerdote, nos quitó la foto y se sonrojó, pero no nos hizo ningún reproche. Sólo comentó: “Recuerden las clases de sexología que les impartí. Por suerte mi hermana no piensa venir a Cuba”.

 

Después de graduados, un tiempo más tarde, con la desaparición del colegio, también desapareció de nuestras vidas el padre Oliveras. Creo que regresó a España, al no permitírsele ejercer su magisterio en Cuba. Debido a la intolerancia política, perdimos a un magnífico maestro, el cual hubiera deseado para la formación y educación de mis hijos, un gran amigo y un ser humano especial.

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