Cada año, en el mes de noviembre, comenzaba la colecta de fondos, mediante la venta de papeletas por cada alumno, para la recaudación con vistas a asegurar la “Navidad del niño pobre”. Así se denominaba la campaña, que tenía como único objetivo entregar, antes de la Nochebuena jabas con productos comestibles, y el Día de Reyes juguetes, a los niños pobres y sus familias, residentes en las cercanías del
colegio, situado en la barriada de la Víbora. El concepto de “pobres” abarcaba
más bien a los “necesitados”, ya que no se establecía ningún tipo de
discriminación ni de investigación previa, para determinar quien lo era o no:
todo el que lo considerara o deseara, podía presentarse a recoger su jaba y
juguete. Aquí primaba el concepto ético prevaleciente en aquellos años, por el
cual ninguna familia, que no se considerara “necesitada”, se presentaba a
recoger nada ni permitía que sus hijos lo hicieran, pues se entendía como algo
inmoral y degradante. Esto aseguraba que los actos de entrega fueran
organizados, tranquilos y justos, saliendo todos complacidos y agradecidos por
los regalos recibidos.

Para nosotros, los alumnos, la venta de las papeletas era una tarea ardua, pues debíamos venderlas entre nuestros familiares, amigos y vecinos, siendo los primeros “afectados”, después de los tíos, padrinos, etcétera, el bodeguero, el carnicero y todos los restantes comerciantes, de los que nuestras familias eran clientes. Casi
siempre cooperaban. Entre los diferentes grados se establecía la competencia,
para ver quien recaudaba más, reflejándose las cifras obtenidas en unos
“termómetros”, que se dibujaban a un lado de la pizarra, donde se llevaba
semanalmente el comportamiento de la colecta. En un aula destinada al efecto,
en la pizarra, estaban los “termómetros” de los diferentes grados y sus
recaudaciones, reflejadas con tizas de colores.

En la euforia de la competencia, vendíamos más y más papeletas, solicitando nuevos talonarios cuando liquidábamos uno, para hacer “estallar” los “termómetros”, lo cual se consideraba un triunfo. El precio de cada papeleta era de veinte centavos, y
normalmente se recaudaban entre tres mil y cinco mil pesos, los que bien
empleados, comprando los productos y juguetes a buenos precios, permitían
satisfacer bastantes necesidades. Esta práctica era habitual en la mayoría de
los colegios religiosos, lo que agregaba una alegría adicional a las Navidades,
en los lugares donde se encontraban establecidos.

La tarea, asumida por todos, no como una carga sino como algo justo y necesario, se desarrollaba en un ambiente de alegría, que se iba incrementando según el “espíritu
navideño” se adueñaba de nosotros, de la ciudad y del país. No recuerdo que
nadie de los que recibían los obsequios, verdaderos “necesitados”, se sintiera ofendido
ni menospreciado como persona, por el hecho de tenerlos que recibir. Sí conocí
de casos que los recibieron un año y al siguiente no se presentaron, señalando
que ya no los necesitaban, pues su situación económica había mejorado. ¡Así de
honestos y solidarios con los demás eran los cubanos!

En la barriada de la Víbora, que no era una barriada pobre, las familias residentes en ella, se sentían orgullosas de estas actividades navideñas que realizaban los colegios
religiosos, agregando nuevos motivos de alegría a estos días diferentes que,
sumados a los conocidos, y después desaparecidos, “aguinaldos” (hasta un sueldo
mensual de regalo), que se entregaban en todos los centros de trabajo a sus
empleados, hacían más factible la celebración de estas fiestas.

La “Navidad del niño pobre”, a pesar de su denominación, era precisamente una acción
humanitaria para hacerla más alegre, feliz y abarcadora cada año .Nos sentíamos
bien, tanto los que dábamos como los que recibían.

Por Fernando Dámaso

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