Recuerdo, cuando niña, ver a mi mamá y a mis tías, un poco antes del Día de Reyes,  (mi mente infantil, no podía calcular el tiempo) cosiendo, tejiendo y pintando. Cada  quien asumía la tarea que mejor se le daba. Yo, en mi corta edad, no lograba entender el por qué de tanto ajetreo, siempre más o menos en la misma época. Con el paso del tiempo, me fui dando cuenta que ellas se dedicaban a la hermosa tarea de restaurar  juguetes y muñecas que, mi hermana y yo,  íbamos dejando durante el año, así como los que otros niños, hijos de amigos de la familia también desechaban, y sus mamás, no tan hábiles como la mía, traían a modo de contribución.

Esos juguetes, que quedaban “relucientes”, como nuevos, mi tío Ignacio el día 5 de enero, en la madrugada, disfrazado de Rey Mago, los metía en un saco e iba dejándolos en las distintas casas del barrio, donde vivían personas de escasos ingresos y nutrida familia. En esa época yo también creía ciegamente en la fantasía de la llegada de los Reyes y hasta dejaba, como me habían enseñado a hacerlo, agua y paja para los camellos.

Crecí feliz, al igual que mis amiguitos, pues todas aquellas hermosas tradiciones que nos  habían enseñado nuestras respectivas familias, más otras aprendidas en la escuela, hicieron de nosotros mejores personas: cuando recibes tanto amor, es más  fácil después poder brindarlo.

Llegó  el año mil novecientos cincuenta y nueve y, con él, los grandes cambios que hundieron a nuestro país en las tinieblas de un forzado  ateismo. Una de las primeras
fechas que sufrió cambios drásticos, fue el Día de Reyes, no solo se le cambió el nombre por Día de los Niños, sino también la fecha. Ya no era en  enero, sino en julio. ¡Nada que ver! “Hay que acabar con las tradiciones” -dijo el máximo dirigente del país. Poco a poco fueron cambiándose todas las fechas y el significado de las mismas.
Hasta se llegó a prohibir poner arbolitos de Navidad, al menos si no fue por
decreto, fue por el miedo inducido en las personas, que no los ponían “para
no señalarse”
. Recuerdo que una amiga que trabajaba en el Ministerio de
Comercio Interior, como decoradora, me contó cómo se dieron órdenes “de
arriba”
, para recoger todos los adornos de Navidad y las  bolas para los arbolitos, de todas las tiendas del sector del comercio, y se llevaron a un lugar llamado Cayo Cruz, donde le pasaron por encima la aplanadora, hasta reducir todo a escombros.

Pero aún no había llegado lo peor: los juguetes estarían limitados a tres por niño, uno básico (el mejor) y dos adicionales (de inferior categoría). Entonces en los años
setenta, a algún “inteligente” con poder, se le ocurrió que había que conseguir
los turnos por teléfono, en  el día y hora indicados. Recuerdo aquel día en que todos esperábamos las nueve de la noche (hora fijada para llamar al misterioso número) y conseguir turno; toda la ciudad en pleno, a la misma hora trató de marcar el mismo número. Colapsó la central telefónica. Muchas personas que no tenían teléfono en sus casas acudieron a los públicos, situados generalmente en los portales de los
comercios. Recuerdo que las vidrieras del 1005 de San Lázaro se hicieron pedazos
ante el empuje de quienes deseaban ser los primeros en acceder a los teléfonos
allí situados. Después inventaron los números por sorteo (basándose en el
número de la libreta de abastecimiento), pudiendo aspirar solamente a bicicleta
u otro juguete de cierta envergadura, aquellos tres o cuatro primeros números
de cada  establecimiento, en el que por rifa te había correspondido ir a comprar. Tenías que acudir con tu hijo, pues si no alcanzaba el deseado por éste, allí mismo, ante su desconcierto y nerviosismo, el niño tenía que ir haciendo dejación del que escogía, y optar por otro que iba quedando, trayendo como consecuencia el llanto y la inconformidad del mismo, así como la angustia y sufrimiento de los padres, además de perder toda la mañana y a veces toda la tarde en esta macabra gestión. Años más tarde, con la llegada de los  primeros inversionistas y la posterior “liberación del dólar”, allá por los años noventa, se dejaron de hacer estos sorteos y sencillamente se pusieron a la venta juguetes en divisa, a precios desmesuradamente elevados para el magro bolsillo de la población, que además no percibe su salario ni jubilación
en esta moneda. Así, poco a poco, fue desapareciendo la costumbre de regalar
juguetes a los niños, mucho menos el 6 de enero.

A pesar de ello, algunas personas como yo, que nos negamos a perder definitivamente esa hermosa tradición cristiana, todavía en ese día hacemos regalos a los niños nuestros (los que gozan  la dicha de tenerles cerca) o a los más pequeños del vecindario.

Hace apenas  unos años, cuando llevaba, como de costumbre,  un presente a mi vecinito de los bajos, el papá me recibió puerta  calle y, cuando le dije que le traía  a su hijo el obsequio que los Reyes le habían dejado en mi casa, me replicó: “pero yo no creo en los Reyes”, a lo cual le  respondí; “¡pero yo sí!”

Esta, como otras muchas tradiciones que enriquecían nuestro imaginario popular, han sido “amputadas sin anestesia”, de nuestra identidad como nación.

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