Aún y cuando estudié en un colegio católico, nunca me caractericé por ser un devoto demasiado activo. Respetaba la liturgia, me sabía de memoria las principales oraciones, asistía a misa los domingos, hice la primera comunión y me confirmé, me confesaba y comulgaba posteriormente, y participaba físicamente en
manifestaciones públicas del culto: procesiones, peregrinaciones, ceremonias de fechas religiosas, etcétera. También, cuando relampagueaba y tronaba, hacía la señal de la Cruz y me encomendaba a Dios y a la Virgen, por si acaso. Igual hacía cuando me encontraba en una situación complicada o peligrosa. Esto lo he
seguido haciendo durante toda mi vida.

En el colegio nunca me ofrecí para ser monaguillo, aunque en verdad nunca nadie tampoco me lo sugirió. Era miembro de la Juventud Católica, pero mi participación se reducía a la edición mensual, en colaboración con otros, de una pequeña revista escolar impresa en mimeógrafo, con anécdotas de la vida diaria, chistes y caricaturas.

Estando cursando el primer año de Perito Mercantil, un grupo del aula (6 ó 7) nos embullamos para participar en un Ejercicio Espiritual, actividad que se realizaba en las
instalaciones que poseía el colegio en la finca de Cojímar -donde hoy se encuentra el denominado Estadio Panamericano-, durante siete días, en los cuales se practicaba una vida casi monacal. El sacerdote guía de nuestro curso, conociéndonos bien, trató de quitarnos la idea de la cabeza, pero insistimos y no tuvo más remedio que aceptarnos. Residíamos en habitaciones separadas, de las cuales sólo salíamos a las siete de la mañana para asistir a misa, desayunar, recibir clases de teología, rezar, almorzar, continuar las clases, rezar, cenar, rezar y dormir a partir de las diez de la noche. Los rezos eran tanto colectivos, después del desayuno y de la cena, como individuales en la habitación, después del almuerzo y antes de dormir. Una o dos veces, si mal no recuerdo, practicamos deportes, principalmente béisbol. Generalmente debíamos permanecer en silencio, concentrados dentro de nosotros mismos, sin conversar con nadie, aunque a veces violábamos estas regulaciones, sacando medio cuerpo por las ventanas del primer piso, donde se encontraban nuestras habitaciones, y establecíamos diálogos-susurrantes de ventana a ventana en cadena. Esto, claro está, a espaldas de los sacerdotes.

El retiro incluía la “confesión” al entrar en él, y la “comunión” diaria, pues se suponía que no
existían condiciones para cometer pecados después de estar allí, durante estos
días de encierro físico, aunque no se excluía que la mente pudiera “vagar” y se
pecara “de pensamiento”.

Aunque fue una semana dura y todos decidimos, al terminarla, nunca más repetirla, quedó en nosotros como una prueba que nos habíamos auto impuesto y superado, y como una experiencia desconocida e inolvidable.

Con el paso del tiempo, más por exigencias políticas coyunturales que por convicción, me fui alejando de la iglesia, dejando de asistir a misa, aunque continuaba siendo
católico y decía mis oraciones, para ser honesto, principalmente en los momentos difíciles. Desde hace años retomé el asistir a misa, fundamentalmente cuando siento la necesidad de ello. También acudo al templo en solitario, donde me siento tranquilo y en comunión con mi conciencia. En mis años de estudiante en la extinta Unión Soviética, como si hiciera algo ilegal, pues estaba prohibido por las autoridades políticas, a veces entraba en alguno, más por curiosidad que por verdadera fe. Igual hice en otros países en los cuales estuve posteriormente. En todos, independientemente de su filiación (católicos, ortodoxos, coptos, etcétera), sentí un determinado alivio espiritual. Era como traspasar una puerta entre dos mundos diferentes.

Hoy, con una buena carga de años y de experiencias a cuestas, soy un convencido de que las pequeñas semillas plantadas en mi infancia en el colegio católico, algunas tal
vez depositadas sólo “a flor de piel”, prendieron, echaron raíces y, contra
todo tipo de vendavales, prevalecieron.

Por Fernando Dámaso

Anuncios