Cuba es, alegría, sol, música….una mezcla que estalla a través del tiempo y que va, más allá, de la situación política. La pequeña isla es, también, las creencias más diversas. Los cubanos somos: católicos, santeros, espiritistas…Somos todas esas pasiones que se entrelazan y se desencadenan a la hora de ponerlas en práctica.

Soy católica, sé que mi religión no es la única y mucho menos la perfecta. No
me siento con derecho a rechazar, la libertad de un individuo termina allí donde empieza la del otro. El respeto es la base de la elegancia interior. Si los ritos empleados por otros no están impregnados de maldad, no existe el más mínimo
motivo a para críticas ni hostilidad.

Hay quienes dicen que la única verdad se halla en la Biblia, y que no debemos mirar más allá de ese horizonte; personalmente creo que se puede creer en Dios, se puede seguir a Cristo, y podemos, a la vez, mirar a nuestro alrededor desde un plano personal. Podemos sentirnos libres aún atados a cualquier creencia.

Dios no castiga a quien no desea basar su vida en las palabras de algún credo o religión. No creo en un Dios vengativo. Las malas acciones regresan a quienes las hacen, o las desean.

Se cree con la libre elección, la absoluta devoción y con el poder de la fe. No creo que los sermones por sí solos solucionen la pobreza de este mundo, devuelvan la vista a los ciegos ni den salud a los enfermos; necesitamos también procurar buenas acciones, lograr unir eficazmente la palabra con la acción.

El momento que vivimos nos exige a los cubanos un ligero sacrificio, dar paso a la tolerancia, abrir nuestros corazones, abrazar cualquier creencia incluso si no tiene un
nombre, y despojarnos ya del miedo de poner en un altar el concepto libertad.

Por Elizabeth Garcés

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