La “Base Lourdes”, el extinto Centro Soviético de Espionaje Radio-electrónico, que existió en Cuba en los tiempos de la “Guerra Fría”, estaba instalado en lo que había sido el Reclusorio de Menores de Torrens en la época de la República, un reformatorio para
menores de edad. Hoy, en el lugar, se encuentra la Universidad de Ciencias
Informáticas (UCI
): regresó a sus orígenes educativos, después de su aventura militar. Mucho más allá, en Bejucal, en los años de la década del cincuenta, el Padre Ismael Testé realizó un sueño que, desde hacía mucho tiempo no le había permitido dormir tranquilo: la creación de un Centro (La Ciudad de los Niños), donde  niños y jóvenes desamparados o con graves problemas familiares, pudieran residir y recibir instrucción y educación cívica y moral, para evitar se convirtieran en huéspedes del Reclusorio de Torrens. La idea, acogida por los ciudadanos, después de ser divulgada por los medios de comunicación, contó con el apoyo monetario de éstos, mediante colectas públicas, y de empresarios y comerciantes, que cooperaron con ella, tanto de forma económica como con donaciones de medios materiales y equipos.

La Ciudad de los Niños del Padre Testé –así se le denominaba popularmente- creció y se desarrolló, y se
convirtió en una referencia obligada de algo noble y justo, hasta la llegada del nuevo régimen, el cual, al igual que con todas las instituciones docentes
religiosas y privadas, decidió que él era el único responsable, tanto de la educación como de la formación de los nuevos ciudadanos: el denominado “hombre nuevo”. Instalaciones de albergue, aulas, talleres, campos deportivos y otros fueron languideciendo con el tiempo, hasta que un día, en el lugar se instaló una unidad militar, la cual utilizó lo construido y lo amplió, en correspondencia con sus intereses. A diferencia de Torrens, en el lugar aún no se ha producido el regreso a su función original: la educación y preparación de jóvenes y niños como ciudadanos. El sueño del Padre Ismael Testé, amasado con los aportes voluntarios de los ciudadanos, quedó trunco y desapareció, y los que fueron sus discípulos, repartidos por diferentes centros, perdieron el vínculo inicial creado, en la vorágine de los años. El Padre Testé, como muchos otros sacerdotes, también emigró de Cuba, obligado por los acontecimientos políticos desencadenados, con su carga de intolerancia.
Hoy, al menos aquí, nada se dice ni de él ni de su obra: es como si no hubieran existido. Sin embargo, La Ciudad de los Niños fue un bello sueño hecho realidad, por la voluntad de un sacerdote y de miles de cubanos. No es justo que se diluya en el recuerdo.

Por Fernando Dámaso

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