La Orden de los Padres Escolapios, fundada por el sacerdote español San José de Calasanz, dedicada principalmente a la enseñanza y la piedad, de ahí su divisa de “Piedad y Letras”, tenía en la Cuba republicana cinco colegios para varones, ubicados: tres en La Habana, uno en Pinar del Río y otro en Camagüey, además de cinco para hembras, atendidos por las Madres Escolapias, ubicados en El Cerro (La Habana), Guanajay, Artemisa, Cárdenas y Morón.

Los de La Habana se encontraban en Guanabacoa (el más antiguo y Primera Escuela Normal de Maestros, fundado el l9 de noviembre de 1857), en San Rafael y Manrique y en Flores entre Correa y Encarnación, en La Víbora. Debe señalarse que el de Guanabacoa y el de Camagüey constituyeron el tronco, de donde salieron todos los restantes. Debido a que, desde tercer grado estudié en el de La Víbora y me gradué en él de Perito Mercantil, me referiré fundamentalmente al mismo. Tuve la inmensa suerte de entrar a la institución en su curso inaugural, encontrando un colegio recién construido, moderno, acogedor, totalmente equipado para el ejercicio de la docencia, con magníficas aulas y buenos profesores, tanto religiosos como laicos, quienes impartían las diferentes materias. El peso principal de los programas de estudios recaía en las asignaturas generales, establecidas por el Ministerio de Educación (gramática, español, matemáticas, álgebra, inglés, historia, geografía, moral y cívica, etcétera) hasta la secundaria. Después se agregaban las de la especialidad, fuera Bachillerato o Comercio. En mi caso, que estudié Comercio, eran: contabilidad y taquigrafía y mecanografía en español e inglés. Al estudio de la religión se dedicaban sólo dos horas semanales, primero como catecismo y después como religión y teología. Las actividades propiamente religiosas, se limitaban a la asistencia obligatoria a misa los domingos, y a la participación en actos vinculados al calendario católico: Semana Santa, Navidad, natalicio del fundador de la Orden, día de la Caridad del Cobre, etcétera. Cada viernes, en el patio central de la escuela, se realizaba el acto cívico ante la bandera, que tenía un carácter solemne. Además, se conmemoraban todas las fechas patrias: 28 de enero, 24 de febrero, 10 de octubre, 27 de noviembre, 7 de diciembre y otras, con actos propios en la escuela o asistiendo a los de carácter oficial (desfile por el natalicio de José Martí en el Parque Central, y peregrinación a La Punta el 27 de noviembre, en recuerdo de los estudiantes fusilados ese día por el régimen colonial). Las actividades culturales y deportivas, también formaban parte de nuestro calendario docente. Cada dos años se realizaba el denominado “Field Day”, revista deportiva donde actuaba todo el alumnado realizando diferentes ejercicios y demostraciones, una veces en el estadio universitario y otras en el de La Tropical. Sus buenos resultados exigían una intensa preparación durante meses.

El colegio disponía de un servicio de ómnibus a domicilio, para la recogida y regreso de los alumnos, así como de cafetería, comedor (para los alumnos medio pupilos), gabinete médico y dental y librería, donde se podían adquirir, tanto libros de texto como todos los materiales escolares necesarios. Mi escuela, las Escuelas Pías de La Víbora, a la cual llamábamos “los Escolapios de La Víbora”, y de esta forma me referiré a ella a lo largo de este artículo, se caracterizaba por una elevada exigencia para con los estudios y la disciplina. Profesores altamente calificados en sus materias nos transmitían conocimientos, que me han servido a lo largo de toda mi vida. Recuerdo con respeto, gratitud y cariño a mis profesores Carlos Ruibó, Enrique Puente y Jorge Arango, así como al inolvidable Padre Angel Oliveras, más que maestro amigo, profesor de gramática y matemáticas, después también de álgebra, quien hizo que estas áridas y difíciles materias, nos fueran agradables, con sus novedosos métodos de enseñanza, donde todos participábamos activamente en sanas competencias de conocimientos en cada clase. También al Padre Juan Capdevila y al altamente profesional José E. Caramés, verdadero erudito en contabilidad, quien nos transmitió la mayoría de sus experiencias para poder trabajar exitosamente, una vez graduados. Los “escolapios”, estudiáramos en una u otra escuela, constituíamos una fraternidad que nos caracterizaba, con nuestro uniforme de diario de pantalón de dril crudo, camisa blanca de finas rayas azules verticales tejidas en la tela y corbata negra, así como con nuestros trajes de gala de verano e invierno, el primero blanco y el segundo azul. Nos sentíamos orgullosos de ser “escolapios” y luchábamos por mantener bien alto el prestigio de nuestro colegio, participando tanto en actividades sociales como humanitarias (las Nochebuenas del Niño Pobre y el Día de Reyes), donde recogíamos dinero para, en éstas fechas, regalar víveres y juguetes, a las familias más necesitadas residentes en el entorno de la institución. En los Escolapios de La Víbora nunca, a ningún alumno, se le exigió ser “monaguillo”, ni estudiar para el sacerdocio, ni siquiera pertenecer a la Juventud Católica. Ésta siempre fue una decisión enteramente personal de cada cual, que no representaba ninguna ventaja o limitación a la hora de examinar o cumplir con las actividades reglamentadas del centro. Mi tránsito por los “Escolapios”, lo considero como uno de los momentos más importantes y gratificantes de mi vida, inolvidable, que siempre se ha mantenido en mi corazón y en mi mente.

Si algo me lacera, es que ni mis hijos ni mis nietos hayan tenido esa posibilidad, ya que los colegios “Escolapios”, como los de las restantes Órdenes religiosas y laicos, fueron barridos después del triunfo insurreccional del año cincuenta y nueve, al Estado monopolizar la enseñanza. Los “escolapios” que aún quedamos en Cuba, tenemos una Fraternidad, donde una vez cada tres meses nos reunimos, con el objetivo de mantenernos al tanto del acontecer “escolapio” en el resto del mundo, donde siguen existiendo los colegios, y para saber quienes de nuestros condiscípulos aún viven y quienes han fallecido, así como con relación a los que fueron nuestros profesores, la mayoría ya desaparecidos. Es una Fraternidad pequeña, sin posibilidades de crecimiento, al menos en el momento actual, que decrece por años, y sólo se mantiene por el tesón de los viejos “escolapios”, que no aceptan impasibles su trágico destino. Ojalá mucho antes de lo que pensamos, la Orden Escolapia, y todas las demás Órdenes, vuelvan a tener colegios en Cuba, y en ellos se preparen como ciudadanos, tanto nuestros niños como niñas. ¡Sería algo bueno para la nación! Además, se corregiría, aunque bastante tardíamente, uno de los muchos desatinos cometidos.

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