Corrían los años ochenta y, en aquella época, al igual que hoy, la desidia y el desencanto se tragaban poco a poco mi país. Salí temprano del trabajo y pasé a saludar a una amiga. Eva, su casa quedaba en camino. Cuando llegué,  de improviso, como suelen hacer aquí los muy amigos. Allí estaba su cuñada María “tirando las cartas”

-Siéntate -me dijo-, te voy a echar una revisada.

– A mí nunca antes me las han “tirado”- contesté-.

Mi tía, quien fue experta en la materia, nunca quiso, decía que a los niños no se les hacen esas cosas. Pero aprovechando la novedad, y mi mayoría de edad, me acomodé sobre una silla mientras ella barajaba rápidamente el paquete de las cartas, me pidió que lo cortara en tres bloques, y así comenzó esta historia.

-Tú eres hija de Oshún- me dijo.

-¿Yo?- respondí un poco asombrada-, que yo sepa, hasta ahora, soy hija de Josefina. No sé quién es la señora que me estás mencionando ahora.
-La Caridad del Cobre -sentenció.

– Pues me encanta- aseguré-, mi mamá es devota de nuestra virgen patrona, y desde que tengo uso de razón he visto esa imagen en su casa. Además, mi hermana lleva su nombre, precisamente en su honor.

-Qué bien – continuó -, como hija de Cachita nunca te faltará dinero.

-Caramba- le interrumpí-, precisamente ahora mismo estoy de nuevo sin un medio.

-Mira amiga, para que nunca te falte la plata -continuó sin inmutarse-, la deberás tener en tu casa y honrarla. Ya sea en estampita o imagen, da igual.

-¿Y de dónde la voy a sacar?- pregunté con intención-, ya no venden las estampas. Tú sabes lo duros que han sido con todas las religiones, particularmente con la católica. Aunque bueno – reflexioné -, mi mamá tiene un par de imágenes bellas, talladas en madera, déjame ver si me regalar una de ellas.
 
Esa noche soñé que yo estaba caminando  por la calle Reina, preguntándole a quien me encontraba, si sabía dónde vivía La Caridad. Algunos se encogían de hombros y ponían los ojos en blanco, continuando su camino. Otros, los menos, señalaban con el índice y decían, por allí…
 
Me fui metiendo en antiguos caserones, de un lado a otro de la calle, en completo estado de deterioro. Pregunté a vecinos, busqué, hasta que un señor mayor, de baja estatura y apagado mirar, dijo: Pasa, es aquí. Ve al patio, allá está.
 
Crucé el umbral atravesando una bella puerta de reja forjada entreabierta, me encaminé a un patio en sombras, donde apenas languidecían los débiles rayos de sol. Me sobrecogió un olor a musgo con azucenas. Y allá, al final de la estancia, divisé una imagen a tamaño natural: ¡Era ella! Me le acerqué con temor y respeto y, maravillada ante su larga y deslumbrante cabellera, no me pude resistir y tomé un mechón entre mis manos para ver si era natural. En ese momento la figura cobró vida y, abrazándome me dijo: “Llévame para tu casa”.  El susto me despertó.
 
Eran ya las vacaciones y, como de costumbre, desde hacía muchos años, estaba otra vez sin dinero, no tenía economía para llevar a mi hijo a pasear. A punto de la depresión, me llamó una amiga chilena que se hospedaba en un hotel de la Habana y me dijo: “Ven y tráete a tu hijo, se bañan en la piscina y me hacen compañía”.
 
Así lo hicimos, y estando una de esas tardes viendo a mi hijo disfrutar, vino volando hacia mí lo que pensé era una tarjeta de algún huésped descuidado, abrí la mano y la capturé sin esfuerzo. Pero cuál  no sería mi asombro al ver que aquello era una estampa de la Virgen de la Caridad del Cobre. Finalmente la había encontrado. Luego, al contarle a mi madre, ella me regaló una de sus imágenes, que aún  conservo y cuido, con amor.
 
A partir de ese momento obtuve un mejor trabajo en algo que me gustaba y mi salario mejoró. Mi vida cambió por completo, se me ha hecho realidad. Y cuando más necesitada estoy, cuando mi mundo se hunde o las muchísimas preguntas parecen no encontrar respuestas, aparece una oportunidad.

 
Cuento basado en un sueño, por Rebeca Monzó Mieres

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